sábado, 4 de marzo de 2017

Los hijos del Sol - Capítulo 8


Hola amigos del Blog... Aquí estamos de nuevo.
¡Por fin llegó el capítulo 8! Pero antes de que comencemos con este episodio, quiero contarles algo.


Quiero hablarles sobre lo que estuvo pasando durante todo este tiempo (desde que se publicó el capítulo 7):
"Los hijos del Sol" pasaron por una etapa de correcciones necesarias y en el proceso surgieron nuevas historias o detalles, algunos importantes otros no tanto. Esos cambios afectaron a toda la historia desde el comienzo. Así que les recomiendo que vuelvan a leer todos los capítulos, porque hay detalles, como dije, que afectan a la trama y otros que no tanto pero creo que son enriquecedores. Vuelvan al Capítulo 1 para descubrir esos detalles.
"Los Hijos del Sol" lo he tomado como un verdadero experimento, en el cual hay una idea inicial, la cual va creciendo y cambiando gracias al aporte que dan sus críticas y recomendaciones. En el proceso de este experimento descubrí que la historia de "LHDS" no tiene ni techo, ni piso. Mi idea original dispara críticas y sugerencias, las cuales a su vez disparan nuevas ideas.
Y no se si está bien o mal... si se hace así o no (me importan muy poco las convenciones). El tema es que estoy disfrutando tanto de este proceso, que no quisiera que acabe nunca.

Los principales artífices de este "experimento" son mis editores y hermanos, Mario A. Grasso y su hijo el genial Mario Dennis. Las horas de análisis, de investigaciones, de correcciones, etc. han sido una de las experiencias más enriquecedoras y cultivadoras de mi vida. Y sobre todo, las largas charlas de extravagantes divagues, creando infinitos mundos fantásticos. Gracias muchachos... "Los hijos del Sol" también son vuestros.

Así que gente, vamos ahora a leer que pasó con nuestra española favorita, Laia, en este nuevo capítulo. Y ya saben... espero sus palabras al final. Todo mensaje será tenido en cuenta. Y repito... relean los 7 capítulos anteriores. Nos vemos al final.


LOS HIJOS DEL SOL
Libro 1 - El despertar
Capítulo VIII 
Laia Garrido - “Vuelo a la desilusión”

Ciempozuelos, Madrid, España

La lluvia había cesado, el sol comenzaba a calentar las piedras de entre los durmientes de las vías. Laia no las sentía cuando se clavaban en sus pies descalzos. Su mente estaba centrada en sus dos pequeñas, Mara y Amparo.
No tenía noción del tiempo que había pasado internada. No sabía que desde hacía casi seis años estaba "dormida" en aquel triste rincón del mundo.

Caminó por sobre las vías, al oeste del arroyo de "la Cañada", pasando por detrás del imponente Polígono Industrial de La Calderona.
Luego de una hora y media de caminar bajo el sol, llegó a la Estación de Valdemoro, saltó las vallas y cruzó el "parking" de la estación ferroviaria y se internó por las calles de la ciudad.
Llegó a una rotonda, en el cruce de “Paseo de la Estación” y calle “Alberiza”, allí vio una parada de autobuses frente a la puerta de un restaurante.
Esperando el autobús había una mujer de unos cincuenta años, distraída, leyendo mensajes en su celular, no se percató de que dos jóvenes estaban listos, a sus espaldas, para asaltarla.
Laia se dio cuenta de la situación y se paró sobre el borde de la fuente de la rotonda, extendió su brazo derecho y frunció el ceño. El ladrón, quien ya había tomado la cartera de la señora, se elevó en el aire, envuelto en una especie de burbuja iridiscente.

- ¡Chaval! ¡Ayúdame! - le gritaba a su cómplice que miraba atónito la escena.

Cuando el otro joven intentó rescatar a su compañero dando saltos, tratando de agarrarle la pierna, Laia, que ya se había acercado a la vereda, extendió su otro brazo, elevando al segundo ladrón también varios metros en el aire, encerrado también en aquella destellante e irregular esfera de energía.

De repente, Laia sacudió sus brazos, los campos energéticos que envolvían a los ladrones desaparecieron, junto con el calor que ellos emanaban, y los pillos cayeron de bruces al suelo.

El griterío y las corridas, alertaron al personal del restaurante, quienes, asustados por la escena de ficción que acababan de ver, llamaron a la policía.
Cuando los dos móviles de la policía local se presentaron en el lugar, Laia echó a correr. Los policías intentaron seguirla pero desistieron pues prefirieron detener a los ladrones y atender y calmar a la señora asaltada.
Laia corrió sin rumbo hasta que se topó con la autovía “A-4”, la antigua "Autovía de Andalucía". Se subió a la carretera y comenzó a caminar por allí.

Aturdida, perdida en sus pensamientos, obsesionada con sus hijas, no se dio cuenta que estaba caminando como un fantasma por medio de la ruta.
Los bocinazos y las frenadas la trajeron de vuelta, justo a tiempo para ver como un camión venía de frente a ella. Se asustó y se cubrió con los brazos. En ese mismo instante el camión viró violentamente hacía el centro de la autovía y se estrelló en el “guardrail”.

Laia pensó en que si podía mover y levantar con solo pensar, lo que sea ¿Por qué no podría levantarse a sí misma?
Se concentró e imaginó su cuerpo parado sobre el asfalto. Se cubrió con un brillo similar al de las esferas que envuelven los objetos que ella mueve con su mente, como un aura luminosa que la envolvía. Cuando abrió los ojos vio los autos alejarse bajo sus pies.

Se elevó unos veinte metros y comenzó a volar hacia adelante, con dirección norte.
En cuestión de segundos, vio pasar bajo sus pies, poblados, complejos industriales, accidentes geográficos, etcétera.
A medida que avanzaba hacia el norte, pasando por Pinto, llegando a Getafe, la densidad de la urbanización era mayor y le anunciaba que la ciudad de Madrid, estaba cerca. Bordeando el lado oeste de la capital española, sobrevoló Leganés y siguió con rumbo noroeste. Hasta que al fin vio las "fincas" del sur de Pozuelo de Alarcón. Las lujosas casas con enormes piscinas, pasaban bajo su mirada.

Llego a su barrio, y en la esquina de las calles “Jiménez Díaz” y “Avicena”, descendió hasta el suelo. Nadie la vio, pues a esa hora era poca la gente que caminaba por la zona. Eran casi las once de la mañana y Laia estaba frente al portón del garaje y podía divisar su hermosa casa de color mostaza, con detalles, en las columnas, de lajas y el techo de tejas coloniales desgastadas.

Por una de las ventanas de la planta alta, donde estaba la habitación de Mara pudo ver la figura de una mujer. Trató de enfocar la vista, pero el reflejo del sol en el cristal de la ventana no le permitía distinguir con claridad a la mujer en el cuarto de su hija.
Se elevó en el aire y permaneció flotando cerca de la ventana, pero escondida tras las ramas de un enorme pino que había en la vereda.

No pudo saber quién era aquella mujer, pero sí pudo ver que era muy joven. Al que si distinguió fue a Julien, su esposo, a pesar de las importantes entradas en su frente, cosa que la extrañó demasiado.
Vio como Julien se acercó a la joven y escuchó

- ¡Hola mi amor, llegaste! ¿Cómo te ha ido hoy? - dijo Julien mientras besaba la frente de aquella mujer.

Laia se quedó inmóvil, mirando la escena, un zumbido la comenzó a aturdir, su corazón latía con fuerza y una intensa puntada atravesó su cabeza.
Cerró los ojos un instante y cuando los abrió notó que el pino que le servía de parapeto y varios árboles alrededor, se estaban doblando. Cuando los vidrios de toda la casa estallaron en mil pedazos y los troncos se quebraron, Laia a gran velocidad, se elevó varios metros y salió volando erráticamente, sin rumbo.

El viento le secaba una lágrima y a Laia le brotaban dos. El vuelo casi supersónico que efectuaba no mitigaba en lo más mínimo su dolor y su ira.
Pensó en volver y montar una escena, pero "Se supone que estoy loca" pensó. "¿Por qué me hace esto?" "¿Dónde están mis hijas?" "¿Julien, por qué?"

Envuelta en miles de sentimientos. Ira, celos, desesperación, desilusión; se sintió mareada, su velocidad comenzó a disminuir igual que la altura y comenzó a caer. En su cabeza se repetía como un eco terrorífico la frase "Hola mi amor", en la voz de su amado Julien.

Lloraba y caía.

Sobre un bosque Laia finalmente se precipitó hacia abajo. Las copas de los árboles frenaron un poco su caída, pero las ramas laceraron todo su cuerpo. Se desmayó antes de tocar el suelo y sus lágrimas se mezclaron con la sangre de sus heridas.
Permaneció cerca de dos horas inconsciente. Cuando despertó se vio envuelta en una enredadera, de suaves tallos y hojas, su cabeza apoyada sobre una mata de hierba verde y tupida. Miró sus heridas y se las imaginó cerrándose. Inmediatamente las heridas se cerraron y desaparecieron. Con ellas el dolor también, y volvieron sus fuerzas.
Intentó sacarse la vegetación que cubría su cuerpo cuando de repente una voz de mujer, como un pensamiento le decía "¡Ayúdame!"


Bien amigos... gracias por llegar hasta aquí. Pronto sabremos que pasó con Laia. Ahora a esperar el próximo episodio... El capítulo 9 "Juntos otra vez", dónde sabremos que pasó con Maurice y Sally, allí en lo profundo del Amazonas. Hasta entonces.

Enlaces:
Capítulo anterior: Capítulo VII: Sebastián Ruiz - “El detective”
Capítulo siguiente: Capítulo IX: Maurice y Sally “Juntos otra vez” (Próximamente)

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