sábado, 25 de febrero de 2017

El gran amor de mamá (Cuento de Trulalerosdealma)


Hola Trulaleros. Otra vez, aquí, nos reúne “Él”. Y ojo, no es su recuerdo o su memoria lo que nos convoca. Es él mismo el que lo hace… porque está aquí. Siempre estuvo aquí. Y nos tiene a su lado. Porque no hay nadie… ni un solo trulalero que lo pueda olvidar.



Un año más de extrañarlo ha pasado, y se siguen apilando los años, pero todo parece que pasó ayer. El sentimiento y el amor, tienen la misma intensidad que aquel primer día en que lo vimos, paradito allí, preparado para conquistarnos, con canciones, con alegría. Preparado para llevarse el mundo por delante.

Éste, es un nuevo homenaje de Trulalerosdealma para el grandioso Pablo Ravassollo, simplemente nuestro angelito. Y ya, por mi parte, escribí tantas veces cosas en su honor, pero siempre me ha parecido poco. Siento que nunca nada será suficiente, para homenajearlo… para agradecerle.

Así que esta vez decidí ir a buscar a alguien… a una persona que me haga estar lo más cerca posible de él. Que nos haga a todos los trulaleros, entrar en aquel lugarcito dónde siempre habita: El corazón de una mujer. La única persona que estuvo más cerca de él y de su corazón… más cerca que nadie.

Al final de este cuento, agradeceré, como corresponde a todas las personas que hicieron posible este posteo. Por lo pronto, antes de que comiencen a leer, quiero hacer una aclaración: Lo que están a punto de leer es un cuento. Un relato de fantasía. Todo es ficción, pero, cada palabra dicha por “esa gran mujer” son reales. Salidas de su propios labios, desde lo más profundo de su alma.

Espero que les guste. Cómo saben, ha sido hecho con todo el respeto que los protagonistas se merecen. Hecho con todo el amor que un trulalero, que todo trulalero, siente por el glorioso Pablito.

Los invito a viajar imaginariamente un ratito. ¿Vamos?... los espero al final.



EL GRAN AMOR DE MAMÁ

Me desperté sobresaltado. Eran como las tres de la madrugada, aún faltaban un par de horas para que el despertador le diera fin a mi descanso.
En medio de la oscuridad, solo veía la lucecita roja del botón de encendido del televisor. Escuché un ruido y me levanté inmediatamente. Corrí a prender la luz del pasillo.
El ruido provenía de mi oficina. Así que fui hasta allá y encontré todo en perfecto estado. Salvo por una cosa: Del estante dónde se yerguen majestuosos, el centenar de discos de Trulala de mi colección, había caído uno. Era “Con toda la fuerza”, Uno de mis discos preferidos.

¿Por qué habría caído? ¿Cómo? Si estaba en medio de otros. No podía entender que hacía ahí, aquella cajita de plástico que contenía los acordes de mi pasión.

Antes de pegar la vuelta a seguir con mi truncado descanso, intenté tomar el disco para devolverlo a su lugar y en el preciso instante en que mis dedos lo tocaron: ¡Paf! Un enceguecedor brillo emergió de aquel objeto, que terminó envolviéndome por completo.
Solo veía aquella luz, cálidamente blanca. Solo brillo llegaba a mis ojos.
Hasta que en un instante comencé a sentir una melodía. Era una melodía muy alegre y elegante. Me atrapó, pero no podía distinguirla con claridad, a pesar de que se me hacía familiar.

Todo comenzó a dar vueltas y aquel brillo comenzó a tornarse en multicolores destellos que invadían cada rincón de aquel “lugar”, por llamarlo de alguna manera.
De repente la melodía se hizo más clara, la podía oír en detalle, y con ella, la letra de esa canción se hacía, también más clara.
Presté atención, a pesar de que todo giraba alrededor mío y pude distinguir:

- “Hay algo en ella que la hace distinta… Y que la prefiera entre las demás”. –

Cuando supe perfectamente de que se trataba aquella canción, aquella melodía alegre y ese ritmo pegadizo, volvió el resplandor inicial y como por arte de magia, ya no estaba en mi oficina. Ni siquiera en mi casa. Ni siquiera en mi tiempo. Era el pasado.

Estaba sentado en una cama, con sus sábanas y colchas bien tendidas. Una almohada que se dejaba ver a penas, por debajo de dos almohadones bien mullidos. Sobre la cama, había una serie de estantes plagados de peluches, regalos, cartas y quien sabe cuántas cosas más.
A los pies de aquel sencillo sommier, una mesita con un televisor enorme, de tubo y pantalla plana, de los últimos que salieron antes de que empezara la moda de los LCD.
A un costado, una cajonera, con más peluches encima y un par de remeras dobladas y planchadas, listas para ser guardadas en uno de los cajones. En el otro extremo de la habitación, un ropero no muy grande, moderno, sin un estilo definido, o al menos yo no sabía distinguirlo.
Junto a la cama, a la altura de la cabecera, una pequeña mesita de luz un pequeño velador táctil y junto a él, un gran vaso que aún contenía un poco de agua, con un enorme y albiceleste escudo de Belgrano de Córdoba.
Sobre un sencillo escritorio, una computadora estaba encendida. En pantalla, se podía observar un reproductor de música y por los parlantes de aquella “pc”, la melodía de la canción que sonaba en mi mente. Me acerqué y pude leer en el visor del reproductor: “Hay algo en ella – Trulala”.

Mientras seguía observando en detalle, cada rincón de aquella sencilla y pulcra habitación, una voz de mujer me sacó de mi tarea.

- ¡Corazón, ya está listo el mate! ¿Venís? –

Aquella voz era cálida y amable. Era la voz de una madre. Sin dudas. Su timbre me daba confianza y cobijo. Imagínense… toda esta situación sobrenatural, de película de ciencia ficción, me debía haber puesto la piel de gallina. Pero esa maternal voz, me daba paz. Me sentía en casa de amigos, como en casa de un familiar… en fin… me sentía en casa.

Tomé valor y me dirigí hacia la puerta del cuarto. Cuando toqué el picaporte, para abrirla, otra vez el resplandor me sacó de aquel lugar y me transportó a otro lugar, a otro tiempo.

Era el presente, no sé cómo lo sabía… pero era el presente. Y ya no estaba en una casa. Ahora me encontraba en la acogedora cocina de un departamento del complejo Villasol, en la Ciudad de Córdoba. Lo supe porque podía ver por las ventanas, las hermosas torres del barrio y la Avenida Colón correr de este a oeste.

Frente a mí, agregándole azúcar al mate, estaba ella, con la mirada atenta puesta en los utensilios “materos”:

- Me dijo Alejandra que querías hablar conmigo – me dijo, sin levantar la vista. – Perdón, ¿vos tomabas con azúcar, no Tucu? –
- Sí Tita, con azúcar. Gracias. –

La amable mujer que tenía frente a mí, era Susana Pascolo. ¿Qué hacía yo ahí? ¿Qué hacía con ella?

- ¿De qué querías hablar conmigo, corazón? –
- De su hijo… de Pablito. – le dije mientras ella con una suave sonrisa dibujada en su rostro, me pasaba el primer mate. - Ya sabe lo que significa Pablo para nosotros los Trulaleros. Es algo muy especial. No es que sea un gran cantante que pasó y nada más. Él vive presente en cada uno de nosotros. Y siempre queremos saber algo más de él, de su vida. Y no hay nada ni nadie más cercano a nuestro ídolo, a nuestro amigo, que su madre. Por eso me atrevo a molestarla. Todos los trulaleros queremos estar cerquita de Pablo, por eso queremos escuchar cada una de las palabras de usted… su mamá. –
- ¿Y qué querés que te cuente de mi Pablito? – me dijo sonriendo luego de agradecerme cada palabra que casi tartamudeando le dije.
- Quiero… queremos… que nos cuente todo. Desde el primer día. – le dije, acabando aquel dulce mate… dulce y cálido como el momento que estaba comenzando a vivir.

Se acomodó contra el respaldo de la silla, frotó sus manos y comenzó a contarme. Traté de no interrumpirla. ¿Qué podía preguntarle? Nada. Lo que ella quisiera contarme, iba a ser oro puro… un tesoro de incalculable valor para cualquier trulalero.

- Desde que estaba en la panza, durante todo el embarazo. Todo fue felicidad. Sentía que dentro de mí estaba creciendo un angelito.
Toda la casa estaba llena de alegría y de color. Cada día, cada patadita, cada antojo. Los rostros de su papá y de Claudito, mi otro ángel, estaban llenos de dicha. –

- ¿Claudio? – interrumpí.
- Sí, Claudio, el hermano mayor. Hoy tiene cuarenta y dos años. Es otro sol. – me aclaró.

- ¿Cómo era Pablo en esos primeros años? -
- Él siempre fue igual. Bueno, alegre. Siempre con ese carácter tan, pero tan hermoso. Él siempre decía presente en los actos de la escuela. Todavía no sabía leer, yo desde un costado le dictaba las cosas, pero no le importaba, quería estar. Salir delante de todos y cantar. Y bueno… cantar, cantar… siempre prefirió cantar antes que nada. Recuerdo que le compraba los discos de Johny Tolengo y el agarraba cualquier cosa, hasta una cucharita y la convertía en micrófono y cantaba imitando pasitos, o al menos lo intentaba. ¡Era muy chiquito! Tenía cuatro o cinco años.
Era una felicidad inmensa cada segundo a su lado. Su infancia fue la etapa más linda de su vida. ¿Y de la mía? La más maravillosa. –

- Todo muy lindo Tita, pero cuénteme, aquí entre nosotros: Cuénteme esas travesuras que seguramente no podían faltar. – le dije, bajando la voz, como susurrando, aunque no hubiera nadie más que nosotros dos en la cocina.
- Bueno, sí. Hizo sus travesuras como cualquier chico, pero no me dio mucho trabajo, ninguno de los dos. Los dos fueron unos ángeles. Mi Caludio y mi Pablo.
Por supuesto que no eran totalmente santos. Jeje – soltó una tierna risa cómplice - Te cuento una que hizo cuando ya era medio grande: Habrá tenido unos quince años, más o menos y Claudito, que es mecánico, estaba trabajando en sus cosas, un día que hizo muchísimo calor. Entonces Pablito, haciéndose el buen hermano, fue hasta la cocina, abrió la heladera y le sirvió un vaso lleno de Coca-Cola. –

- ¡Ah! ¡Pero que buen gesto! – exclamé.
- Pará… no te ilusionés. Esperá que te siga contando – me dijo, volviendo a hacer esa graciosa mueca de complicidad – Agarró el vaso lleno de Coca y le puso pimienta. Se lo llevó a Claudito. Cuando su hermano se tomó la gaseosa… ¡Ay mamita! “Que le pusiste… ¡@#%&#!”… Imagínate las palabritas que se decían.
Pero todo siempre lo hicieron así, queriéndose. Tuve dos ángeles a la par mía. Más bien, tengo. Porque Pablo sigue conmigo. Pablito esta siempre al lado mío, cuidándome.
Él siempre estaba haciendo bromas, siempre estaba contento, siempre feliz. Nunca lo vi enojado. Te juro, no exagero, jamás lo vi enojado. Siempre estaba con una sonrisa, bromeando.
Y siempre le estaba haciendo bromas a su querida abuelita, mi mama. También a su tía, mi hermana. ¡A sus primos! Se llevaba de maravillas con todos sus primos, los de mi parte y los de parte de su papa. Pero sobre todo con tenía una hermosa relación con mis sobrinos Gerardo y Matías.
De chiquito le gustaba mucho la televisión. Se tiraba en la cama a ver la tele. Pasaba horas. O mientras yo estaba trabajando en la peluquería que tenía instalada en casa.
Una vez, recuerdo, voy a su pieza, porque lo sentía muy calladito. Entro de sorpresa y digo: “Que pasa aca!”, y pega un salto. Había desarmado un reloj de su papá y desparramado todas las piecitas debajo de la cama, por toda la habitación. –

- ¡Ah! ¿Pero era tremendo, entonces? -
- Y sí. Mirá sino… Una vez me pintó la mesita de luz con esmalte de uñas. Le hizo unas rayas a la orilla de la mesita y el orgulloso porque creía habérmela dejado más linda. ¡Cosas de chicos nomás! -

- ¿Cómo fue la relación con ustedes, con su familia? –
- Mirá, Tucu… Con todos, la relación siempre fue hermosa. Con su papá se llevaba muy bien y con Claudio, su hermano, también. Con decirte que nunca… nunca se pelearon. Era un verdadero ángel. ¿Y conmigo? – hizo un pausa, frotó sus ojos y siguió – Conmigo tenía una relación divina. Él me decía que yo era su alma, que yo era su amor, que era su vida. Él siempre me adoraba y me lo demostraba a diario.
En los bailes, les decía a las chicas con las que conversaba “Mi mamá es mi vida”, “Mi mamá es mi amor”, “Yo amo a mi mamá”… Era todo “mi mamá” “mi mamá”. Eso extraño mucho. – Volvió a hacer una pausa, esta vez, más larga. -

- Disculpame, corazón – me dijo – Es que lo extraño demasiado. -
- Todos lo extrañamos, Tita. Es imposible olvidarlo. –
- Bueno… te sigo contando. Era muy familiero, muy casero. Era de estar siempre en casa. Mirá, él hacia su vida, era muy bonito, grandote, “fisicudo”, las chicas morían por él… Pero para él su casa era su casa. Era su lugar en el mundo.
Jamás tuve que preocuparme demasiado cuando no estaba en casa. El jamás me dejó intranquila, para nada. Llegaba de un baile y siempre me avisaba, sea la hora que sea. Quería que me quedara tranquila de que había llegado bien. Me decía “Vieja ya llegué”. O cuando salía, si se iba a demorar, me llamaba y me decía “Voy más tarde”. A veces me decía “Estoy con una chiquita, en el centro… me voy… me voy, vieja”. Siempre fue muy considerado y era extremadamente respetuoso. Su bondad no era para este mundo… Era tan, pero tan, bueno. -

- ¿Cómo era como amigo? –
- Desde muy chiquito, todo el mundo lo quería, en el barrio. Después, cuando se hizo más grande, cuando empezó a cantar y empezó a ser conocido en el mundo de la música, él se seguía juntando con todos. A todos trataba por igual. A todos, chicos, grandes, les firmaba autógrafos, conversaba con todos, a todos los hacía sentir bien.
Era muy amigable. Daba la vida y más, por los amigos. Cuando quería a una persona, entregaba todo… todo. Era un buen compañero, un excelente amigo. Buen hermano, y un buen hijo. Le sobraba humildad. Era muy generoso, pero generoso en serio, con todo el mundo. Era fuera de lo normal todo lo que hacía, como lo hacía. Él era fuera de lo normal. –

Con la excusa de ir a calentar la pava y de traer algo de comer, se levantó, volviendo a pasar sus manos por sus ojos.

- Papi ¿querés unas tortas fritas o te llevo unos criollitos? – me ofreció amablemente.
- No se preocupe, yo… -
- Te llevo de los dos y listo – me interrumpió, mientras volvía a la mesa con un enorme plato, lleno de aquellas delicias bien cordobesas.
Mientras acomodaba las cosas en la mesa y volvía a la mesada a buscar otras, me puse a mirar todo alrededor. Me detengo a mirar un pequeño banderín de Belgrano, colgado al lado de un retrato de Pablo.

- ¿Te gusta ese banderín? Se lo regaló un amigo, pirata como él, cuando era chico. Amaba a Belgrano, era su otra pasión. Belgrano y su Trulala. – me contó, al notar que yo miraba aquel recuerdo futbolero de su hijo.

- Tita, cuénteme. ¿Cuál era o cuales eran los sueños de Pablo? –
- Era tan humilde que prácticamente no tenía tanto afán por cosas materiales. Tenía un sueño y para llegar a él, se rompía todo para estudiar. Lo hacía como podía, debido a sus obligaciones. Vos viste cómo es esto de la música.
Le faltaba tan solo una materia para recibirse de Profesor de Educación Física. Siempre estaba mirando aparatos, bicicletas de esas, fijas, pesas. Soñaba fervientemente con poner un gimnasio. Quería entrenar gente.
Y nunca la pudo rendir a esa materia. No le daban los tiempos. En esa época Trulala andaba tan bien, que tenían bailes casi todos los días.
En fin, ese era su gran sueño, pero por su humildad, siempre se conformaba con lo que tenía.
Pero siempre, su máxima meta fue cantar. El cantaba desde muy chiquito, lo llevaba en la sangre.

- Hace tiempo que quiero saber, exactamente cómo fue aquel momento del debut de Pablo en Trulala. Me contaron miles de cosas, muchas personas distintas. Pero siempre tuve ganas de saber, por sus propias palabras la verdad. La verdad de boca de su propia madre. Cuénteme sobre aquellos días. –

- En la época en la hubo unos inconvenientes con Cristian (Amato) en Trulala y se decía que se había ido de la banda. Yo corrí a contárselo a Pablo. Siempre Trulala fue su gran amor y soñaba con cantar en la banda.
Justo estaba durmiendo, en ese momento. Así que me metí en su pieza y le dije: “Se va Amato de Trulala, están buscando cantante”. Y él me dice: “No vieja, el siempre dice que se va y después no se va nada”. Entonces le insisto: “No, Pablo… se fue”.
Entonces fue que prepara una grabación, con su voz encima de una pista de Trula. Cuando lo tuvo listo, lo agarró y se lo llevó a la oficina de la banda. Al poco tiempo lo llaman después y fue entonces que lo prueba Pablo Destéfanis, quien por entonces era el director musical de Trula. Eligen otro chico, quien al final se pelea con otro integrante de la banda y se termina yendo también. A todo esto Amato había vuelto a Trula. Pero tanto Destéfanis como Carlitos Lacamoyre, quedaron cautivados con mi Pablito.
Al poco tiempo, el Cristian finalmente se va de Trula, y me entero de que iban a probar cantantes en el Estadio del Centro.
Lo agarro a Pablito y le digo “Hablalo ya a Carlos, capaz se acuerda de vos”. Entonces rápidamente se contacta con Carlitos y éste le dice: “¡Uy! ¡Pablito! Venite, venite rápido al Estadio del Centro… que estamos probando cantantes”.
Había más de cuarenta chicos probándose.
Yo hubiera querido ir con él, pero al final se fue con su papá. Se fueron como a las tres de la tarde y volvieron a eso de las once de la noche.
Pablo, como siempre tan humilde, se pone al último de todos. Lo iban a probar al final de todos. Cuando lo ve Lacamoyre, se acerca a Pablo y le dice “Andá, andá” y gira hacia Destéfanis para decirle: “Che, a este probámelo bien” señalándolo a mi Pablo.

El director, Destéfanis, le dice: “¿Qué querés cantar?” y mi hijo le contesta “Lo que sea”.
Pablo amaba a su Trula, así que se sabía todos los temas, el que eligieran, él se lo sabía de memoria, seguro. Al final Lo hacen cantar tres o cuatro temas.
Sin saber si la audición había salido bien o mal, con total naturalidad y desfachatado como siempre, cuando termina de cantar, le pregunta a Destéfanis si se podía quedar en el escenario, tocando la güira. Le dicen que sí, que se quede y se quedó tocando un rato mientras probaban a otros chicos. De los más de cuarenta postulantes quedaron solo dos, Pablo y el Gaby Iruela. Y finalmente quedó él solo.
En ese tiempo Pablo ya cantaba, lo hacía con Ariel Ferrari, en la banda familiar “El Klan”. Ellos también se portaron muy bien con él. Le dieron un empujoncito, porque empieza a hacerse conocido allí, con los Ferraris. Y la gente de Trula ya sabía desde entonces, sobre Pablo. –

Mientras la miraba hablar tan apasionadamente de aquellos primeros minutos del Pablo Trulalero que finalmente todos conocimos, disfrutamos e idolatramos, pensaba en cuantas cosas estarían pasando por su cabeza. Pero ella seguía… no me daba chances para hacer más preguntas. Me contaba con lujos de detalles, haciendo gestos y muecas. Se nota mucho orgullo en sus palabras, al hablar del Pablo cantante.

- El primer baile fue en Rafael García, en el interior de la provincia. – continuó con el relato - Pero la presentación oficial fue en Córdoba Capital, en el “Super Deportivo”.
Comenzó cantando unos cuantos temas y la gente lo aplaudió, dándole una buena bienvenida. El público lo había aceptado enseguida. Mi Pablo era asi, se hacía querer, tenía un gran corazón, tenía mucho carisma y en especial, mucha humildad. Y eso, a los trulaleros que lo vieron en aquellos primeros bailes, les llegó.
Cuando volvieron a casa, Pablito y su papá, aquel día de la audición, en la que quedó seleccionado, salí corriendo, ansiosa, a abrirles el portón. Cuando bajó del auto, ¡Le hubieras visto la carita! Era pura sonrisa. Saltaba de felicidad. Y yo fui feliz con él… por él.
Cuando se fueron a que se probara, yo le había pedido a Dios que si era para bien, entonces que quedara. Pero si no… si era para que alguna vez le pasara algo, que no lo elijan “Diosito, ponele cualquier traba”.
Es algo que no acepto de la vida. ¿Por qué Dios no me escuchó un poquito a mí? –

“Dios nos debe una explicación, a todos” pensé mientras en silencio, le tomé la mano. Y ella, con dulzura me miró y supe que con esa mirada me estaba diciendo “Gracias”.

- La gente de Trula siempre se portó muy bien con él.- continuó hablando, después de secarse las lágrimas que no pudo, aunque quiso, contener - Lo querían muchísimo… Bueh… ¿Quién no lo quería a Pablo? Él también los quería mucho a todos, a Adriana, a Jessi, a Diego y, por supuesto, a Mauri. No tengo nada que decir de ellos, porque se portaron muy bien con mi hijo. –

- ¿Podría definir a Pablo, con una palabra? –
- Ángel. Cómo todos lo conocen. Fue un hijo ejemplar. Fue todo en mi vida. Lo amaba… era la luz de mis ojos. Haberlo tenido a la par mía, haberlo disfrutado, fue lo mejor que me pasó… Fueron los mejores veintitrés años de mi vida. Realmente… fue un ángel. Mi angelito. –

- ¿Cómo quiere que lo recuerden? –
- A mi angelito le gustaría que lo recuerden con mucha alegría… con esa misma alegría que él le brindó a toda la gente. – me dijo, con una enorme sonrisa en los labios, mezclada con el brillo cristalino de esas lágrimas de madre.

- Tucu, corazón… quiero que les transmitas algo a todos los Trulaleros… Quiero agradecerles a todos, haberlo querido tanto, haberlo seguido y haberlo valorado tanto. Veo cosas por ahí, que me emocionan mucho, de tantos trulaleros que siempre lo están citando y recordando. Que dicen tantas cosas buenas de él. Les agradezco a todos por tanto cariño y tanto amor que le han brindado a él y que me han brindado a mí también. Porque hay mucha gente que me quiere bien, que me sigue mandando mensajes, apoyándome y dando fuerzas para seguir adelante porque es muy duro… Pero tengo el mejor de los recuerdos de todos los Trulaleros, porque que jamás me han abandonado y porque, por sobre todas las cosas, jamás lo abandonaron a él. –

Aquella bella mujer, me tomó las manos, con sus dos suaves y tibias manos, luego me dio una maternal caricia en mi rostro. Me miró a los ojos y sonrió.
De repente, aquel resplandor, brillante y enceguecedor, volvió a aparecer. Envolviéndolo todo. De a poco, todo fue borrándose, perdiéndose en aquel brillo. En un instante… de nuevo todo se puso oscuro.

Abrí mis ojos y supe que estaba acostado en mi cama… no veía absolutamente nada. Levanté la cabeza y pude distinguir que la lucecita roja del botón de encendido de mi tele, titilaba en la oscuridad.
En ese preciso instante, sentí un ruido. Estaba seguro que venía de mi oficina. Mientras caminaba por el pasillo, buscando la llave de la luz, pensaba en el extraño sueño que acababa de tener.
Entré a mi oficina y encontré todo cómo lo había dejado. Salvo por un detalle: Del estante dónde, majestuosos, tenía ordenados mis discos de Trulala, había caído uno. Era “Con toda la fuerza”. Junto a él… un banderín de Belgrano de Córdoba.



FIN



¿Les gustó? Les confieso que a mí me encantó charlar tantas horas con Susana Pascolo. Y me da mucho orgullo, haberla podido tratar de “Tita”. Son pocos los que tienen la dicha de llamarla de ese modo.
A ella, quiero agradecerle con todo mi corazón, por haberme regalado uno de los momentos más hermosos de mis treinta años de vida trulalera.
Gracias eternas, querida Tita… Gracias.

Quiero agradecer a Alejandra Pereyra por el vital apoyo para que este posteo se haga realidad. Es la principal “cómplice” de este cuento que les traje hoy. Gracias Ale. Y gracias Pablito Destéfanis, por muchas cosas. Por ser el nexo con Alejandra. Por todas las cosas que compartiste conmigo en otras oportunidades. Y sobre todo, por haber sido la persona que dijo “Sí, se queda”, cuando oíste por primera vez, cantar a Pablo.

Gracias a Trulala por haberme dado la posibilidad de vivir este y otro millar de momentos imborrables y maravillosos. Gracias familia Cánovas por el respeto y la libertad.

Y por supuesto… eternas e infinitas gracias a Diego, Fede, Javi y Cristian… mi hermanos del alma, los guardianes del honor y la memoria Trulalera, creadores mismos del mejor sitio web del universo… Trulalerosdealma.

Gracias a todos. Y recuerden… hoy lo recordamos y homenajeamos a Pablito. Pero tengan presente que él quiere que lo recordemos felices, llenos de alegría. Él lo quiere así y lo sé de buena fuente… de la mejor… sé que es así porque “Mamá Tita” me lo contó.

Gracias a todos ustedes, queridos lectores por haber llegado hasta aquí y por haber compartido este momento. ¡Salud Trulaleros!

Y no puede faltar… se lo extraña… aquí va el viejo y querido…

¡Na’ más!

Link al post original en Trulalerosdealma: http://www.trulalerosdealma.com.ar/aquel-rincon-trulalero/el-gran-amor-de-mama/

Bonus: un par de imágenes.





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