miércoles, 22 de febrero de 2017

"Del Castoral no saldrás" (Cuento)



Hola amigos del Blog. Hoy quiero compartir con ustedes uno de los dos cuentos que salieron publicados en una antología internacional de cuentos de terror. Basado en las leyendas que existen alrededor de un misterioso chalet abandonado desde décadas en el sur tucumano, el cual tradicionalmente ha sido conocido como "El Castillo del Castoral".



El libro "Antología internacional de narrativa - Cuenta cuentos de T-rror”, fue editado en 2017 por la editorial mendocina EquinoXio.

Espero que este cuento sea de vuestro agrado y espero ver sus comentarios y críticas al final. Muchas gracias por seguir leyendo y siendo cómplice de las locuras del Tucu.
Listo... vamos juntos a "espantarnos" en el monte tucumano, si se animan... Y nos vemos al final, si es que pueden salir ilesos del Castoral.




Del Castoral no saldrás.



Había dejado atrás la ciudad de Río Colorado y mi travesía en bicicleta hubiera seguido hasta Simoca por la ruta 157, desde dónde pensaba pegar la vuelta, remontando la 325 hasta Monteros. Hacia adelante, al sur, podía divisar el puente del Río Balderrama y hacia atrás, al norte, miraba con temor las nubes negras de una gran tormenta que me perseguía.

Pero cuando llegué al puente, comencé a insultar a intendentes, gobernadores y otras alimañas parecidas. El dichoso puente estaba clausurado por reparaciones, las cuales, si mi memoria no me falla, se venían realizando hacía tres años. 

Me habían comentado que existía un sendero, ideal para atravesarlo en bici, que bordeaba el Balderrama y que luego de unos dos o tres kilómetros encontraría un pequeño puente peatonal para cruzar el río y retomar por otro camino la trunca ruta 157. 
Tomé valor y seguí aquella indicación.

No sé bien cuanto anduve por aquella senda, pero el bendito puente no aparecía. Lo más grave era que la tormenta estaba cada vez más cerca y no era un buen lugar para enfrentar un meteoro de aquella magnitud.

El sendero de ripio se hacía más angosto y las piedras eran más grandes de lo normal. Estaba muy cerca de la orilla del río, cualquier error que cometiera me mandaría al agua con bicicleta y todo. Y así sucedió. Mordí con la rueda delantera una piedra, perdí el equilibrio y el control de la bici y caí de frente en el río. En la caída, golpeé una roca con la cabeza y perdí el conocimiento.

Luego de un rato, quien sabe cuánto tiempo, desperté en la orilla pedregosa del Balderrama, dolorido y con un hilo de sangre en mi frente. A unos veinte metros, gracias al cielo, pude ver mi bicicleta tirada, depositada en la orilla por las aguas del río, igual que yo. Revisé mi mochila en busca de mi celular y descubrí, con pesar, que el aparato estaba estropeado por el agua. Me volví a calzar la mochila, tomé la bici y me volví a buscar el sendero. 
Ya no existía tal camino. Para colmo de males, me tuve que alejar de la orilla del río, pues sus formas no me dejaban pasar. Me interné en el monte, con la intención de salir enseguida, rodeando los obstáculos, y seguir la única pista que tenía para volver, el río.

Todo se volvió oscuro. La tormenta había llegado. Las enormes gotas que anunciaban un épico aguacero, golpeaban con furia las hojas de los árboles y arbustos del monte. En cuestión de segundos, una densa cortina de agua me imposibilitaba ver hacia dónde me dirigía. Me monté en la bicicleta, creyendo que saldría más rápido de aquella selva. 
Me perdí. Anduve pedaleando mucho tiempo. No sé si minutos, no sé si horas. A las nubes negras se sumó el anochecer y la partida del sol. 
Ya la noche había llegado y yo seguía perdido en el monte, sin poder encontrar mi camino de regreso. Al menos, de regreso al río.

Por un momento, la lluvia cesó y pude ver algo alrededor. Palmeras, pinos y otras especies arbóreas que no correspondían con la vegetación del lugar. La oscuridad no me permitía ver muy bien, pero pude distinguir un camino empedrado y unos metros más adelante, entre unas enormes palmeras, los restos de lo que alguna vez fue, seguramente, una hermosa fuente.
Cuando estuve frente a aquella construcción escuché una música lejana, como de violines o algo parecido. Seguí aquella melodía hasta toparme con un majestuoso chalet, cuyas ruinas rememoraban un pasado de glorioso esplendor. El paso de los años había dejado sus huellas, pero el accionar de los vándalos no había dejado nada.

Envuelto en oscuridad y enamoradas del muro, aquel chalet se asemejaba a un tenebroso castillo, como los castillos protagonistas de las más clásicas y ridículas historias de terror. 
Cuando estuve al pie de lo que antiguamente habría sido un señorial pórtico, la música cesó y en el silencio de la noche oí unos truenos e inmediatamente la torrencial lluvia regresó. No lo dude y me metí en la casa. 

Había leído algo sobre las leyendas del Castoral. Una especie de castillo embrujado, ubicado aproximadamente en el lugar dónde me había perdido. Pero nunca las creí, pero mi escepticismo terminó aquella misma noche.

Hice una pequeña fogata para calentarme. A pesar de ser verano, el “castillo” era helado. Una lúgubre y gélida brisa recorría todo su interior. Por suerte, la linterna que llevaba funcionaba aún y gracias a ella pude recorrer el lugar. Me perdí en sus habitaciones derruidas y cuando decidí regresar a mi fogata, la luz de la linterna se apagó. La sacudí, la golpeé y nada. De repente, cuando el foco volvió a emitir su amarillenta luz, note que la habitación ya no estaba destruida. Estaba elegantemente decorada, con mobiliario y todo. Me asusté un poco, es verdad, pero creía estar alucinando, me restregué los ojos y salí rápidamente de aquel dormitorio. 
Cuando crucé la puerta, la oscuridad se volvió a adueñar del lugar. Corrí casi a ciegas, solo iluminado por los relámpagos que brillaban por las ventanas.

Finalmente llegué a lo que antiguamente era el hall de entrada, dónde había hecho mi fogata, la cual estaba apagada, y note la presencia, gracias a las descargas eléctricas de la tormenta, de un hombre mayor, vestido con un elegante traje de los años veinte. Otro rayo y el hombre, desapareció. La linterna volvió a funcionar y cuando quise apuntar hacia adelante, el rostro pálido y sin ojos de aquel hombre estaba a centímetros de mi cara, respirándome su aliento helado y fétido.

No sé si grité o no, el terror me había dejado paralizado. Reaccioné e intente correr hacia la puerta. Pero todas las aberturas estaban tapadas con enredaderas, que apenas dejaban filtrar las luces de los relámpagos. Otra vez, el tétrico rostro, se apareció frente a mí. Y con una voz como con eco y con acento alemán, me dijo: 

- Tú eres quien se llevó a mi hermosa Inés. Pagarás por ello maldito.

Volví a correr, acercándome a una ventana, e intentando cortar la enredadera, pero era imposible. 

- No intentes huir, maldito. No te irás hasta que me devuelvas a mi amada.

Subí unas escaleras, con la intención de escapar por un balcón o por los techos, pero cuando casi había llegado al primer descanso, sentí una fuerte presión en mi pecho y rodé por los escalones hasta el suelo. Sentí un agudo dolor en las costillas y mi pierna parecía haberse roto. No podía incorporarme. Arrastrándome me colé en el hueco de lo que alguna vez pudo ser un armario, temblando de frío, de dolor y de terror. Sentí la mano helada de aquel ser apretando mi cuello. 

 - No puedes escapar de mí, maldito traidor.

Me arrastró desde mi escondite, hacía la puerta de salida. A su paso, las enredaderas se abrieron. 

 - Morirás junto con ella. El río será vuestra tumba. Fornicadores.

Cuando cruzamos el umbral de la puerta, todo se volvió oscuro y frío. Solo resonaba en mi cabeza, la voz con ese claro acento alemán diciéndome: “Del Castoral nunca te irás”.



El sol brillaba en lo alto, desprendiendo la humedad del follaje empapado por la lluvia de la noche anterior. 

-  ¡Jefe! Mire esto - dijo el policía, señalando el cuerpo de un ciclista flotando en el río.

El oficial al mando se acercó a la escena, acompañado por el lugareño que les había avisado sobre el macabro hallazgo.

- Fue Don Otto Ruckhaeberle - aseguró el baqueano, sin levantar la vista y con los brazos en jarra
- ¿Quién es ese Don Otto? ¿Lo conoce usted? - preguntó el oficial.
- El viejo dueño del Castoral. Venga de noche, amigo, y lo conocerá.



Galería de imágenes

Retrato de Otto Ruckhaeberle y una antigua foto del "Castillo"



Fotos: cortesía de 
Celina Sziewe



¿Sobrevivieron? ¡Oh! Buenísimo, entonces pueden contarme que les pareció.
Gracias por leerme, amigos... espero sus palabras en la "cajita de comentarios" y nos vemos pronto.

4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias DLC... Si sos "la" DLC que yo creo que sos... Genial!! Y te digo... este cuento y tantas otras cosas, deberían estar en "otro lado". (Por consultas sobre éste y otros sueños/proyectos contactar a MAG o en su defecto a MDG jejeje)
      Saludos "DLC"!!

      Eliminar
  2. Cuento entretenido, lectura atrapante, buena narrativa, APROBADO... Debo destacar que no me atraen ni los cuentos ni las películas de terror..., no por que me atemoricen, es que no creo en esas cosas, entonces me causan gracia. Hecha la aclaración y dada al principio mi sincera opinión, me gustó, ergo, doble mérito...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Carlos querido!!
      Este cuento tiene una doble misión, entretener y hacer conocer, o al menos despertar la curiosidad, sobre un "bien cultural" como tantos otros tiene mi Tucumán querido.
      Gracias por pasarte... por leer y por comentar!

      Eliminar