viernes, 30 de septiembre de 2016

Los hijos del Sol - Capítulo 4


Hola queridos amigos, aquí estamos de nuevo para seguir avanzando en la historia de "Los hijos del sol". En este cuarto capítulo conoceremos a Maurice y Sally. ¿Me acompañan? Buenísimo... vamos entonces.






Libro 1 - El Despertar

Capítulo IV

Maurice Ripoll y Sally Baker - “Flora y Fauna”

Río Negro, Amazonia, Brasil.

Maurice Ripoll era descendiente de una familia francesa radicada en Canadá a mediados del S. XIX. Por varias generaciones, los Ripoll vivieron y progresaron en Quebec.
En la agonía del S. XX (año 1989) Rosalie y Alexis Ripoll decidieron cortar con la tradición y el arraigo de sus antepasados, viajando hacia el sur, a los Estados Unidos. Se establecieron en la ciudad de Phoenix, en el estado de Arizona. Rosalie estaba embarazada cuando se mudaron. A los dos meses de haber llegado a la ciudad, dio a luz al primogénito del matrimonio. Maurice nació por parto normal, una preciosa tarde de primavera.

Veinticinco años después, el joven estaba a punto de terminar sus estudios. El título de Biólogo de la Universidad de Phoenix, que sería todo un orgullo para sus padres, lo había entusiasmado y dado motivos suficientes para llevar adelante su carrera. Jamás se sintió presionado por ellos. Había elegido libremente esa profesión, y la llevó adelante con mucha pasión.
Amaba demasiado a los animales. Lo que más le fascinaba era el estudio de su comportamiento. No creía que el ser humano fuese superior a otros seres habitantes del planeta, simplemente lo consideraba diferente.

Había planeado, junto a su compañero de estudios y amigo de la infancia, John Evans, y Sally Baker, su novia, un viaje al Amazonas. Luego de rendir los exámenes finales, se tomarían una merecida semana de vacaciones en Sudamérica.

Corría septiembre del año 2014 y los tres amigos se encontraban navegando el grandioso río, en una pequeña lancha que alquilaron a unos lugareños. Les habían recomendado una pequeña isla en el Archipiélago de Anavilhanas, a unos setenta kilómetros al noroeste de Manaos, en el Río Negro.

Anavilhanas es el archipiélago de agua dulce más grande del mundo, con cerca de 400 islas e islotes. Este archipiélago se encuentra en una franja del río de aproximadamente unos noventa kilómetros de largo, donde alcanza un ancho de veintisiete kilómetros. La densa vegetación es el refugio para una gran diversidad de aves, roedores, iguanas, hermosas mariposas y serpientes. Sus aguas negras albergan una inmensidad de especies de peces, entre ellas el famoso “Picarucú”. Caimanes, delfines, pirañas y manatíes llenan de vida aquel bello lugar.

Entusiasmados, los jóvenes acamparon en un claro de la isla, rodeados de una vegetación tan espesa que parecía un verde muro impenetrable. Para su sorpresa, recibieron la visita de un grupo de “monos ardilla” Eran muy amistosos, sobre todo con la dulce Sally.
Salieron a recorrer la isla, luego de armar el campamento. Tomaron fotografías, estudiaron el suelo, las plantas, y todo ser vivo que pululaba por el lugar: desde los enormes y amenazantes caimanes que montaban guardia en las orillas del río, hasta los molestos mosquitos que no paraban de alimentarse de su sangre gringa.
Durante toda la travesía, la familia de monitos estuvo junto a ellos. El más pequeño se la pasó en brazos de Sally, ante la confiada pero atenta mirada de su madre.
A la noche, y luego de cenar unas conservas, se dispusieron a dormir. Sally y Maurice ocuparon una carpa, y John otra.

- Vayan los tortolitos, dejen que el soltero duerma solo… ¿Desean champagne los señores?  - bromeó John, haciendo un gracioso ademán.

A punto de amanecer, John despertó debido al intenso barullo que los animales hacían. Sentado al costado de su carpa, admiró el hermoso cielo brasilero y encendió el reproductor de mp3, colocándose los auriculares. Luego, buscó en su bolso los cigarrillos que había escondido lejos de la mirada de Sally, quien le había prohibido fumar. El fuego de un reluciente encendedor de bencina dio la bienvenida al sol de la mañana.
Terminando de dar la última pitada al cigarrillo, comenzó a sonar "Titanium". John divisó en el cielo unas extrañas luces que parecían versiones pequeñas de la aurora boreal que tantas veces había visto con su padre, en las escapadas que hacían juntos al norte del continente. Estas no tenían la variedad de colores que tienen las verdaderas, únicamente matices que variaban entre el dorado y el naranja.
Aquellas luces parecían moverse violentamente. Aparecían y desaparecían, multiplicándose. El muchacho se quitó los auriculares y notó que los animales se habían callado; el silencio se había adueñado del lugar. De repente comenzaron a crecer, aunque en realidad estaban bajando.  Al notar la proximidad, John intentó levantarse y llamar a sus amigos, pero un cosquilleo en su cuerpo, como el de una descarga eléctrica inofensiva, lo frenó. Intentó caminar hacia la carpa de Maurice y Sally, pero otra descarga lo paralizó completamente. Esta vez sintió un leve dolor que le impedía moverse y, cuando intentó gritar para alertar a sus compañeros, ya era demasiado tarde.
Una descarga fulminante se adueñó de su cuerpo. En cada una de sus células se desataron tormentas eléctricas, sus vasos sanguíneos comenzaron a estallar, sus órganos, a fallar. Antes que su corazón se detuviera, en un último instante de conciencia, vio cómo las luces envolvían toda la isla, se movían a través de los árboles y se cernían sobre el campamento. Al final se vio solo, envuelto en luz. El dolor había cesado.

- Esto es hermoso... – suspiró, cerrando sus ojos.


Más tarde...

Mientras los demás revisaban el campamento, el pequeño monito se aferraba al pecho de su acongojada madre, escondiendo su cabeza. Parecía estar llorando. Dos de sus hermanos estaban inmóviles, mirando con tristeza el cuerpo calcinado de John. Otros se habían reunido alrededor de la carpa de Maurice y Sally; ninguno se atrevía a entrar. De repente, un sobresalto. La carpa se movió y vieron a Maurice salir arrastrándose por la abertura de entrada.

Todos se acercaron rápidamente, comenzaron a acariciar su pelo y tocar suavemente su rostro. Maurice recobró la conciencia, los observó y notó algo en la mirada del más pequeño: sus ojos estaban tristes. Miró a la madre que cargaba al bebe monito y notó que intentaba decirle algo.
Maurice sintió voces en su cabeza, pero no eran palabras, ningún idioma conocido; sino un eco de pensamientos. Penas, sollozos, murmullos que se apoderaron de su mente.
Entre todo ese concierto de supuestas voces, oyó:

- Aquí... ¡Soy yo! Estoy hablándote.

Miró hacia abajo y volvió a cruzar su mirada con la madre y el bebé monos.

- Sí, yo... – la extraña voz reverberó en su cabeza.
- ¿Tú me estás hablando? Pero… ¿Cómo? ¡Debo haberme vuelto loco! - dijo en voz alta a la monita. Articular palabras no era necesario; aquel enlace, aquel entendimiento primitivo, era algo puramente mental.
- No estás loco… ¡Tengo algo que mostrarte! Lo siento tanto… – dijo mientras giraba y se dirigía hacia los restos de John.

Mientras Maurice permanecía inmóvil frente al cuerpo de su amigo sin vida, el pequeño monito se soltó de su madre y corrió hacia él. Tironeó de su pantalón, y Maurice sintió en su cabeza la voz de un niño.

- ¡Sally no está, tienes que buscarla! – exclamó el pequeño.

Maurice corrió hasta su carpa, entró en ella y vio que en la bolsa de dormir donde debía estar su novia, solo había hojas, flores, hierba, ramas y restos de tierra. Apresurado, siguió el rastro vegetal que salía de la carpa y se mezclaba en la espesura de la isla. Una voz lo llamaba.
Ante él encontró la inmensa muralla verde. Al intentar penetrarla, logró oír nuevamente la voz. Era de mujer; sonaba lejana, con un eco particular que parecía provenir de una habitación cerrada. La voz le era familiar, prestó atención y escuchó:

- ¡Maurice! ¡Maurice! ¡No sé dónde estoy, está muy oscuro aquí! ... ¡Ayúdame, por favor, tengo frío! ¡Tengo miedo!

¿Qué le sucedió a John? ¿Qué le pasó a Maurice? ¿Dónde estará Sally? más adelante sabremos más. Por lo pronto, en el próximo episodio iremos al otro lado del mundo para descubrir juntos la vida y el "despertar" de Niko, en el Capítulo V: “Niko” Yamashiro... “El Hijo del Sol”.
Los espero.

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